El Evangelio (JN 4, 5-42) nos presenta a una mujer de Samaria con un perfil
interesante. Realiza a diario una rutina de pesados servicios domésticos como
otras tantas mujeres de Israel. Esa rutina no la había orillado a perder su
sensibilidad creyente. Conforme ella fue descubriendo a Jesús, captó su
identidad; primero lo reconoció como profeta, luego lo confesó como Mesías y
finalmente como el salvador del mundo. Los creyentes aprendimos a descubrir a
Dios a través de la ayuda de nuestros padres. Cuando reflexionamos en el don de
la fe, reconocemos que ese don nos fue participado por familiares, catequistas
y amigos que nos compartieron el don que a su vez habían recibido.
Efectivamente, la vida cristiana arranca a partir de un encuentro personal con
Jesucristo. Quienes confesamos a Jesús, asumimos nuestro compromiso apostólico,
participando a los demás de nuestra experiencia creyente.

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