"Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que
todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no
envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por
él. El que crea en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado
por no haber creído en el Hijo único de Dios.
La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo,
los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.
Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus
obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad, se
acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios".
Comentario
“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el
que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna.”
Este versículo resume la lógica del amor divino: Dios no actúa desde la
condena, sino desde la entrega. El envío del Hijo no es un gesto de juicio,
sino de salvación. La fe, entonces, no se reduce a aceptar una doctrina, sino a
abrirse a la luz que transforma la existencia.
Jesús es la luz que ha venido al mundo, pero cada persona decide si se
acerca a ella o se refugia en las sombras. La “condena” no proviene de Dios,
sino del rechazo voluntario a la verdad y al amor. En otras palabras, el juicio
se realiza en el presente, en la actitud ante la luz.
Este texto invita a mirar la fe como una respuesta libre y amorosa:
creer no es temer el castigo, sino aceptar el don de la vida eterna que
comienza ya, en la comunión con Dios y en la práctica del bien.






