jueves, 2 de julio de 2026

Evangelio del 3 de julio 2026 Juan 20, 24-29

 



Tomás, uno de los Doce a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor". Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.

Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes". Luego le dijo a Tomás: "Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano; métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree". Tomás le respondió: "¡Señor mío y Dios mío!" Jesús añadió: "Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto".

Reflexión

El pasaje de "La incredulidad de Tomás" nos invita a una profunda reflexión sobre la fe, la fragilidad humana y la misericordia divina:

A menudo, Tomás es juzgado severamente, pero su actitud refleja una búsqueda sincera de verdad. Su necesidad de tocar y ver nos recuerda que, a veces, la fe no nace de una aceptación ciega, sino de un proceso personal y profundo donde cuestionamos lo que se nos presenta.

Jesús, lejos de rechazar a Tomás por su desconfianza, le ofrece exactamente lo que necesita para sanar su duda. Esto demuestra que la fe no siempre es un camino lineal y que lo divino se adapta a nuestras limitaciones humanas para acompañarnos en el proceso de creer.

La frase final, "dichosos los que creen sin haber visto", no es un reproche, sino una invitación a trascender la necesidad de pruebas tangibles. Nos plantea el desafío de encontrar convicción no en la evidencia física, sino en la experiencia espiritual y el testimonio de vida.

Este texto nos enseña que es humano dudar, pero que la verdadera transformación ocurre cuando, ante las heridas del prójimo o las pruebas de la vida, somos capaces de reconocer lo sagrado y exclamar, como Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!".

miércoles, 1 de julio de 2026

Evangelio del 2 de julio 2026 Mateo 9, 1-8

 



En aquel tiempo, Jesús subió de nuevo a la barca, pasó a la otra orilla del lago y llegó a Cafarnaúm, su ciudad.

En esto, trajeron a donde él estaba a un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: "Ten confianza, hijo. Se te perdonan tus pecados".

Al oír esto, algunos escribas pensaron: "Este hombre está blasfemando". Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: "¿Por qué piensan mal en sus corazones? ¿Qué es más fácil: decir 'Se te perdonan tus pecados', o decir 'Levántate y anda'? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, "le dijo entonces al paralítico": Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa".

Él se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la gente se llenó de temor y glorificó a Dios, que había dado tanto poder a los hombres.

Comentario

Jesús nos muestra que la sanación más profunda comienza en el corazón. Antes de devolverle al paralítico la fuerza para caminar, le ofrece el perdón, recordándonos que Dios desea restaurar integralmente nuestra vida. La fe de quienes llevaron al enfermo hasta Jesús también nos enseña el valor de acompañar y sostener a los demás en sus momentos de mayor necesidad.

Este Evangelio nos invita a acercarnos a Cristo con confianza, dejando a un lado la duda y el juicio. Él conoce nuestras heridas, perdona nuestros pecados y nos llama a levantarnos para caminar con una vida nueva. Quien experimenta el amor misericordioso de Dios no puede permanecer igual: se convierte en testigo de su poder y motivo de alabanza para los demás.

martes, 30 de junio de 2026

Evangelio del 1 de julio 2026 Mateo 8, 28-34

 



En aquel tiempo, cuando Jesús desembarcó en la otra orilla del lago, en tierra de los gadarenos, dos endemoniados salieron de entre los sepulcros y fueron a su encuentro. Eran tan feroces, que nadie se atrevía a pasar por aquel camino. Los endemoniados le gritaron a Jesús: "¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Acaso has venido hasta aquí para atormentarnos antes del tiempo señalado?"

No lejos de ahí había una numerosa piara de cerdos que estaban comiendo. Los demonios le suplicaron a Jesús: "Si vienes a echarnos fuera, mándanos entrar en esos cerdos". Él les respondió: "¡Está bien!"

Entonces los demonios salieron de los hombres, se metieron en los cerdos, y toda la piara se precipitó en el lago por un despeñadero y los cerdos se ahogaron.

Los que cuidaban los cerdos huyeron hacia la ciudad a dar parte de todos aquellos acontecimientos y de lo sucedido a los endemoniados. Entonces salió toda la gente de la ciudad al encuentro de Jesús, y al verlo, le suplicaron que se fuera de su territorio.

 

Reflexión

 

Jesús tiene el poder de liberarnos

 

El Evangelio de hoy nos presenta a dos hombres que vivían entre los sepulcros, aislados de la sociedad y dominados por fuerzas que les robaban la paz, la dignidad y la libertad. Nadie podía ayudarlos, hasta que se encontraron con Jesús. Bastó su presencia para que el mal reconociera quién era Él: el Hijo de Dios.

Este pasaje nos recuerda que no hay oscuridad tan profunda ni situación tan difícil que esté fuera del alcance del amor y del poder de Dios. Muchas veces nuestros "demonios" no son espíritus malignos, sino el miedo, el rencor, la desesperanza, las adicciones, el orgullo o las heridas que cargamos y que nos impiden vivir plenamente. Cuando permitimos que Jesús entre en nuestra vida, Él tiene la capacidad de romper las cadenas que nos esclavizan y devolvernos la libertad interior.

Sin embargo, el final del relato también nos invita a examinarnos. Los habitantes de la ciudad, en lugar de alegrarse por la liberación de aquellos hombres, se preocuparon más por la pérdida de sus cerdos y le pidieron a Jesús que se marchara. A veces nosotros también podemos poner nuestros intereses, nuestra comodidad o nuestros bienes materiales por encima de la acción de Dios. Cuando seguir a Cristo implica cambiar nuestras prioridades o renunciar a aquello que nos da una falsa seguridad, podemos sentir la tentación de alejarlo de nuestra vida.

La invitación de este Evangelio es clara: abrir el corazón a Jesús y confiar plenamente en Él. Solo Cristo puede devolvernos la verdadera libertad y enseñarnos que la dignidad de una persona vale mucho más que cualquier bien material. Que hoy tengamos la valentía de dejar que Él transforme nuestro corazón y nos conduzca por el camino de la paz, la esperanza y la vida nueva.

lunes, 29 de junio de 2026

Evangelio del 30 de junio 2026 Mateo 8, 23-27

 



En aquel tiempo, Jesús subió a una barca junto con sus discípulos. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan fuerte, que las olas cubrían la barca; pero él estaba dormido. Los discípulos lo despertaron, diciéndole: "Señor, ¡sálvanos, que perecemos!"

Él les respondió: "¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?" Entonces se levantó, dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma. Y aquellos hombres, maravillados, decían: "¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?"

Reflexión

Las tempestades no solo se viven en el mar; también aparecen en nuestra vida como enfermedades, problemas familiares, preocupaciones o incertidumbre. En esos momentos podemos sentir, como los discípulos, que todo está a punto de hundirse.

El Evangelio nos muestra que Jesús permanece en la barca con los suyos. Aunque parezca guardar silencio o estar "dormido", nunca abandona a quienes confían en Él. Su pregunta —"¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?"— no es un reproche, sino una invitación a fortalecer la confianza en su presencia.

Cuando dejamos que Cristo tome el timón de nuestra vida, las tormentas no siempre desaparecen de inmediato, pero nuestro corazón encuentra la paz. La verdadera fe no consiste en vivir sin dificultades, sino en creer que Jesús tiene poder sobre cualquier tempestad y que, con Él, siempre podremos llegar a buen puerto.

domingo, 28 de junio de 2026

Evangelio del 29 de junio 2026 Mateo 16, 13-19

 



En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?" Ellos le respondieron: "Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas".

Luego les preguntó: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Jesús le dijo entonces: "¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo".

Reflexión

El evangelio nos invita a responder una pregunta que sigue siendo actual: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?". No basta con repetir lo que otros piensan de Jesús; cada creyente está llamado a descubrirlo personalmente y a expresar esa fe con su vida.

La respuesta de Pedro nace de un corazón abierto a Dios: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Jesús le revela que esa fe no es fruto solo del razonamiento humano, sino un don del Padre. Del mismo modo, nuestra fe crece cuando escuchamos la Palabra, oramos y dejamos que Dios transforme nuestro corazón.

Al confiar a Pedro la misión de ser la roca sobre la que edificará su Iglesia, Jesús nos recuerda que Él permanece siempre fiel a su pueblo. Aun en medio de dificultades, la Iglesia sigue adelante porque su fundamento es Cristo.

Que este evangelio nos anime a renovar cada día nuestra respuesta al Señor, para que nuestras palabras, decisiones y obras proclamen con alegría: Jesús es el Hijo de Dios vivo y el centro de nuestra vida.

viernes, 26 de junio de 2026

Evangelio del 27 de junio 2026 Mateo 8, 5-17

 





En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaúm se le acercó un oficial romano rogándole: «Señor, tengo en mi casa un criado que está en cama paralítico, y sufre mucho». Él le contestó: «Voy a curarlo».

Pero el oficial le replicó: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, con que digas una sola palabra mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, cuando le digo a uno: ¡Ve!, él va; al otro: ¡Ven!, y viene; a mi criado: ¡Haz esto!, y lo hace».

Al oír aquellas palabras, se admiró Jesús y dijo a los que lo seguían: «Yo les aseguro que en ningún israelita he hallado una fe tan grande. Les aseguro que muchos vendrán de Oriente y de Occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos. En cambio, a los herederos del Reino los echarán fuera, a las tinieblas. Ahí será el llanto y la desesperación».

Jesús le dijo al oficial romano: «Vuelve a tu casa y que se te cumpla lo que has creído». Y en aquel momento se curó el criado.

Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama con fiebre. Entonces la tomó de la mano y desapareció la fiebre; ella se levantó y se puso a servirles.

Al atardecer le trajeron muchos endemoniados. Él expulsó a los demonios con su palabra y curó a todos los enfermos. Así se cumplió lo dicho por el profeta Isaías: "El hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores".

Reflexión

Este pasaje nos muestra que la fe auténtica nace de la humildad y de la confianza plena en Dios. El oficial romano no presume de su autoridad; al contrario, reconoce que no es digno de recibir a Jesús en su casa, pero cree firmemente que una sola palabra del Señor basta para sanar. Esa confianza sincera conmueve el corazón de Jesús.

Además, el Evangelio nos recuerda que Jesús se acerca a todos los que sufren: sana al criado, levanta a la suegra de Pedro y cura a muchos enfermos. Su amor no hace distinción de personas y se manifiesta especialmente donde hay dolor, necesidad y esperanza.

Hoy, este mensaje nos invita a preguntarnos: ¿Confío verdaderamente en el poder de Jesús, incluso cuando las circunstancias parecen difíciles? Si acudimos a Él con un corazón humilde y lleno de fe, descubriremos que sigue actuando en nuestra vida, fortaleciendo nuestras debilidades y dándonos la paz que solo Él puede ofrecer. La respuesta agradecida a ese amor, como la de la suegra de Pedro, es levantarnos para servir con alegría a los demás.

Reflexión 20260628