jueves, 2 de abril de 2026

Evangelio del 3 de abril 2026 Juan 18, 1-19, 42


 


† Cristo: Sacerdote

C. Cronista: Diácono o lector/a

S. Sinagoga: Un lector hombre o mujer

P. Pueblo: Toda la asamblea de los fieles

 

C. En aquel tiempo Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Entonces Judas tomó un batallón de soldados y guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró en el huerto con linternas, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:

†. «¿A quién buscan?»

C. Le contestaron:

S. «A Jesús el Nazareno».

C. Les dijo Jesús:

†. «Yo soy».

C. Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Jesús les volvió a preguntar:

†. «¿A quién buscan?»

C. Ellos dijeron:

S. «A Jesús el Nazareno».

C. Jesús contestó:

†. «Les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan».

C. Así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:

†. «Mete la espada en la vaina. ¿No voy a beber el cáliz que me ha dado mi Padre?»

C. El batallón, su comandante y los criados de los judíos apresaron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año. Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo».

Simón Pedro y otro discípulo iban siguiendo a Jesús Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera junto a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro:

S. «¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?»

C. Él dijo:

S. «No lo soy».

C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le contestó:

†. «Yo he hablado abiertamente al mundo y he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, sobre lo que les he hablado. Ellos saben lo que he dicho».

C. Apenas dijo esto, uno de los guardias le dio una bofetada a Jesús diciéndole:

S. «¿Así contestas al sumo sacerdote?»

C. Jesús respondió:

†. «Si he faltado al hablar, demuestra en qué he fallado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?»

C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote. Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron:

S. «¿No eres tú también uno de sus discípulos?»

C. Él lo negó diciendo:

S. «No lo soy».

C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquél a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:

S. «¿No te he visto yo con él en el huerto?»

C. Pedro volvió a negarlo y en seguida cantó un gallo. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al Pretorio. Era muy de mañana y ellos no entraron en el palacio para no incurrir en impureza y poder así comer la cena de Pascua. Salió entonces Pilato a donde estaban ellos y dijo:

S. «¿De qué acusan a ese hombre?»

C. Le contestaron:

S. «Si éste no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos traído».

C. Pilato les dijo:

S. «Pues llévenselo y júzguenlo según su ley».

C. Los judíos le respondieron:

S. «No estamos autorizados para dar muerte a nadie».

C. Así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el Pretorio, llamó a Jesús y le dijo:

S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»

C. Jesús le contestó:

†. «¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?»

C. Pilato le respondió:

S. «¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué es lo que has hecho?»

C. Jesús le contestó:

†. «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».

C. Pilato le dijo:

S. «Conque ¿tú eres rey?»

C. Jesús le contestó:

†. «Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz».

C. Pilato le dijo:

S. «Y ¿qué es la verdad?»

C. Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo:

S. «No encuentro en él ninguna culpa. Entre ustedes es costumbre que por Pascua ponga en libertad a un preso. ¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?»

C. Pero todos ellos gritaron:

P. «¡No, a ese no! ¡A Barrabás!».

C. El tal Barrabás era un bandido. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él le decían:

S. «¡Viva el rey de los Judíos!»

C. Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez afuera y les dijo:

S. «Aquí lo traigo para que sepan que no encuentro en él ninguna culpa».

C. Salió pues, Jesús llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:

S. «Aquí está el hombre».

C. Cuando lo vieron los sacerdotes y sus servidores, gritaron:

P. «¡Crucifícalo, crucifícalo!»

C. Pilato les dijo:

S. «Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro culpa en él».

C. Los judíos le contestaron:

P. «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios».

C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más, y entrando otra vez en el Pretorio, dijo a Jesús:

S. «¿De dónde eres tú?»

C. Pero Jesús no le respondió. Pilato le dijo entonces:

S. «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?»

C. Jesús le contestó:

†. «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».

C. Desde ese momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:

P. «Si sueltas a ése, no eres amigo del César.

C. Al oír estas palabras, Pilato sacó a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «El Enlosado» (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos:

S. «Aquí tienen a su Rey».

C. Ellos gritaron:

P. «¡Fuera, fuera; crucifícalo!»

C. Pilato les dijo:

S. «¿A su rey voy a crucificar?»

C. Contestaron los sumos sacerdotes:

S. «No tenemos más rey que el César».

C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Pilato mandó escribir un letrero y ponerlo encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el Rey de los Judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato:

S. «No escribas "El rey de los judíos", sino "Este ha dicho: Soy rey de los judíos"».

C. Pilato les contestó:

S. «Lo escrito, escrito está».

C. Cuando crucificaron a Jesús, los soldados cogieron su ropa, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Pero se dijeron:

S. «No la rasguemos, sino echemos suerte para ver a quién le toca».

C. Así se cumplió la Escritura: "Se repartieron mi ropa y echaron a suerte mi túnica". Y eso hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre María la de Cleofás y María la Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre:

†. «Mujer, ahí está tu hijo».

C. Luego al discípulo:

†. «Ahí está tu madre».

C. Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él. Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo:

†. «Tengo sed».

C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, probó el vinagre y dijo:

†. «Todo está cumplido».

C. e, inclinando la cabeza, entregó el Espíritu.

 

En este momento todos se arrodillan y oran unos momentos en silencio.

 

C. Entonces los judíos, como era el día de la preparación de la pascua, para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado, era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran de la cruz. Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno y luego al otro de los que habían crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza e inmediatamente salió sangre y agua. El que vio da testimonio de esto y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera lo que dice la Escritura: "No le quebrarán ningún hueso"; y en otro lugar la Escritura dice: "Mirarán al que traspasaron".

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús pero oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mezcla de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con esos aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la preparación de la pascua y el sepulcro estaba cerca, allí pusieron a Jesús.

Comentario

El texto narra el corazón de la Pasión de Cristo: el momento en que Jesús, traicionado, juzgado y crucificado, entrega su vida con serenidad y amor absoluto. Es un relato que revela la tensión entre la injusticia humana y la fidelidad divina.

Lo más conmovedor es cómo el Evangelio muestra la dignidad de Jesús incluso en medio del sufrimiento. No responde con violencia ni resentimiento; su silencio y sus palabras —“Mi reino no es de este mundo”— son una afirmación de que la verdad y la salvación no dependen del poder, sino del amor que se entrega.

Celebración de la Semana Santa en diferentes parroquias

 




Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús



Parroquia de la Sagrada Familia (Progreso)



Santuario San Cristobal (Progreso)







Parroquia del Sagrario Catedral (Centro)



Parroquia Ntra. Sra. De Covadonga




miércoles, 1 de abril de 2026

Evangelio del 2 de abril 2026 Juan 13, 1-15

 



Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido.

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: «Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?». Jesús le replicó: «Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». Pedro le dijo: «Tú no me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo». Entonces le dijo Simón Pedro: «En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos». Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: 'No todos están limpios.

Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan».

Comentario

Este pasaje nos muestra a Jesús en un gesto profundamente sorprendente: siendo Maestro y Señor, se arrodilla para lavar los pies de sus discípulos. Este acto no es solo de humildad, sino de amor llevado hasta el extremo.

Jesús rompe las expectativas humanas de poder y autoridad, enseñando que la verdadera grandeza está en el servicio. Pedro, al principio, no comprende, como muchas veces nosotros tampoco entendemos el camino de Dios, pero Jesús le invita a aceptar este amor que purifica y transforma.

Al final, deja un mandato claro: hacer lo mismo unos por otros. Es una invitación a vivir la humildad y el servicio como camino concreto para seguirlo.

LA PASCUA CRISTIANA

 



Es la celebración en la que hacemos memorial de la Resurrección de Jesús al tercer día de su muerte según los relatos contenidos en las Sagradas Escrituras. Con esta celebración termina la Semana Santa iniciada el Domingo de Ramos. La Pascua es una fiesta móvil, cuyo día varía cada año. La fecha viene fijada siguiendo el Año Litúrgico, que se rige por los ciclos lunares. Cuenta la historia, que la noche en la que el pueblo judío salió de Egipto, había luna llena y eso les permitió prescindir de las lámparas para que no los descubrieran los soldados del faraón. Los judíos celebran este acontecimiento cada año en la pascua judía o «Pésaj», que siempre concuerda con una noche de luna llena, en recuerdo de los israelitas que huyeron de Egipto pasando por el Mar Rojo. La celebración oscila entre el 22 de marzo y el 25 de abril de cada año en el calendario litúrgico romano.

 

Datos históricos.

La muerte y la resurrección de Jesús transcurren durante la Pascua judía. Por ello podemos estar seguros de que el primer Jueves Santo de la historia, cuando Jesús celebraba la Pascua judía con sus discípulos, era una noche de luna llena. La Pascua tiene raíces en la tradición judía, específicamente en la celebración del Pésaj. En ella los judíos recuerdan muchos eventos y, en particular, el paso dado por el ángel exterminador sobre las casas hebreas cuando iba en busca de los primogénitos egipcios. Este "paso" en la lengua hebrea se dice pésaj («pasar por encima>>). Este vocablo en el latín litúrgico pasó a ser pascha y posteriormente pascua. Esta transformación de la palabra se debió a la expansión del cristianismo en los tiempos del imperio romano. Jesucristo al resucitar cambió el sentido del Pésaj judío tradicional, y la Pascua pasó a significar el «pasar por encima» o, más bien el paso de la muerte a la vida eterna. En los dos casos se trata de celebrar la salvación. La Pascua cristiana comenzó a celebrarse en concordancia cronológica con la Pascua judía. Se hizo así durante algunos siglos, hasta que en el Concilio de Nicea de 325 d.C. se decidió dejar de usar el calendario hebreo y se optó por celebrarla el primer domingo después de la luna llena que mencionamos anteriormente. Esto se debió a que los cristianos pusieron énfasis en la significación del día I domingo, que fue el «Primer día de la semana» en el que Jesucristo resucitó según los cuatro Evangelios, mientras que la celebración de la Pascua judía no hace distinción entre los días de la semana.

 

Tiempo Pascual.

Este tiempo es el más fuerte de todo el Año Litúrgico. Se inaugura en la Vigilia Pascual y dura siete semanas hasta Pentecostés. Es la Pascua del Señor que ha pasado de la muerte a la vida a su existencia gloriosa. Es la Pascua de la Iglesia, su Cuerpo, que es introducida en la vida nueva de su Señor por medio del Espíritu donado por el Resucitado en Pentecostés. El origen de esta cincuentena se remonta a los orígenes de la liturgia. La Iglesia organizó estas siete semanas con la finalidad de prolongar el gozo de la Resurrección y para celebrar al final de los cincuenta días la venida del Espíritu Santo. Desde el siglo ll tenemos el testimonio de Tertuliano que habla de que en este espacio no se ayunaba, sino que se vivía una prolongada alegría. La liturgia insiste en el carácter unitario de estas semanas. La primera semana se le llama «Octava de Pascua», en la que por tradición los bautizados en la Vigilia Pascual eran introducidos a una profunda comunión con el misterio de Cristo. La «octava de Pascua» termina con el llamado Domingo «In albis», porque ese día los bautizados deponían los vestidos blancos recibidos el día de su Bautismo.

Evangelio del 1 de abril 2026 Mateo 26, 14-25

 



En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: "¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?" Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo

El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: "¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?" Él respondió: "Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: 'El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa'". Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.

Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce y mientras cenaban, les dijo: "Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme". Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: "¿Acaso soy yo, Señor?" Él respondió: "El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido". Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: "¿Acaso soy yo, Maestro?" Jesús le respondió: "Tú lo has dicho".

Comentario

En este pasaje se entrelazan la traición, el cumplimiento de las profecías y la profunda humanidad de los personajes.

Es impactante ver cómo Judas pone precio a su lealtad por "treinta monedas de plata". El texto subraya la libertad humana: él busca la oportunidad para entregarlo.

Durante la mesa, un lugar de comunión y amistad, Jesús dice: "Uno de ustedes me va a entregar". La reacción de los discípulos es de una tristeza profunda y una duda honesta: "¿Seré yo, Señor?".

Mientras Jesús se entrega por amor y obediencia, Judas se aparta por intereses oscuros. El Hijo del hombre va a morir como está escrito; nos recuerda que el dolor de la traición ya estaba contemplado en el plan de redención.

Es un texto que invita a mirar hacia adentro y preguntarnos sobre nuestras propias lealtades y la capacidad de mantenernos firmes en los momentos de mayor presión.

lunes, 30 de marzo de 2026

Evangelio del 31 de marzo 2026 Juan 13, 21-33. 36-38

 



En aquel tiempo, cuando Jesús estaba a la mesa con sus discípulos, se conmovió profundamente y declaró: «Yo les aseguro que uno de ustedes me va a entregar». Los discípulos se miraron perplejos unos a otros, porque no sabían de quién hablaba. Uno de ellos, al que Jesús tanto amaba, se hallaba reclinado a su derecha. Simón Pedro le hizo una seña y le preguntó: «¿De quién lo dice?» Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: «Señor, ¿quién es?» Le contestó Jesús: «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan, que voy a mojar». Mojó el pan y se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote; y tras el bocado, entró en él Satanás.

Jesús le dijo entonces a Judas: «Lo que tienes que hacer, hazlo pronto». Pero ninguno de los comensales entendió a qué se refería; algunos supusieron que, como Judas tenía a su cargo la bolsa, Jesús le había encomendado comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el bocado, salió inmediatamente. Era de noche.

Una vez que Judas se fue, Jesús dijo: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará.

Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes. Me buscarán, pero como les dije a los judíos, así se lo digo a ustedes ahora: 'A donde yo voy, ustedes no pueden ir'». Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿a dónde vas?» Jesús le respondió: «A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; me seguirás más tarde». Pedro replicó: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti». Jesús le contestó: «¿Conque darás tu vida por mí? Yo te aseguro que no cantará el gallo, antes de que me hayas negado tres veces».

Comentario

El pasaje de Juan es uno de los momentos más densos y emotivos de la Última Cena. Nos sitúa en un espacio de profunda intimidad, pero también de una tensión humana desgarradora.

Jesús se muestra "profundamente conmovido". No es una frialdad divina; es el dolor real de la traición de un amigo.

Tan pronto sale el traidor, Jesús habla de la glorificación. Para el mundo, la muerte es una derrota, pero para Juan, la Cruz es el trono de Jesús. La gloria aquí no es fama, sino la manifestación plena del amor de Dios. Al decir que se va a donde ellos no pueden ir (aún), marca la transición de su presencia física a su presencia espiritual.

El diálogo con Pedro es el espejo de nuestra propia condición. Pedro, con un entusiasmo honesto pero presuntuoso, dice: "Daré mi vida por ti". Jesús, con realismo y ternura, le muestra que aún no está listo.

La paradoja: Pedro promete morir por Jesús, pero será Jesús quien muera por Pedro para que, más adelante, Pedro sea capaz de amar de la misma forma.

El texto nos invita a mirar nuestras propias "noches" y fragilidades. Nos enseña que, incluso en medio de la traición y el abandono, el plan de amor de Dios sigue adelante, transformando la oscuridad en un camino hacia la glorificación.

domingo, 29 de marzo de 2026


 


Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, le ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó con la fragancia del perfume.

Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que iba a entregar a Jesús, exclamó: «¿Por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?» Esto lo dijo, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa, robaba lo que echaban en ella.

Entonces dijo Jesús: «Déjala. Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán».

Mientras tanto, la multitud de judíos, que se enteró de que Jesús estaba allí, acudió, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien el Señor había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes deliberaban para matar a Lázaro, porque a causa de él, muchos judíos se separaban y creían en Jesús.

Comentario

El pasaje nos presenta una escena profundamente simbólica y llena de significado espiritual.

Se trata de una comida en Betania, donde aparecen tres figuras muy cercanas a Jesús: María, Marta y Lázaro. Cada uno refleja una actitud distinta ante la presencia de Jesús:

María realiza un gesto sorprendente: unge los pies de Jesús con un perfume costoso y los seca con su cabello. Este acto expresa amor, entrega total y reconocimiento profundo de quién es Jesús.

Marta, como en otros pasajes, está sirviendo. Representa el servicio generoso y activo, necesario en la vida comunitaria.

Lázaro, sentado a la mesa con Jesús, es signo de vida nueva, pues ha sido resucitado. Su presencia es un testimonio vivo del poder de Jesús.

El contraste aparece con Judas, que critica el gesto de María bajo apariencia de preocupación por los pobres, pero en realidad revela una falta de comprensión y autenticidad.

El amor verdadero hacia Jesús se manifiesta sin cálculos ni reservas.

Hay diferentes formas de seguirle (servicio, contemplación, testimonio), todas valiosas.

Este pasaje nos deja una enseñanza clara: el verdadero encuentro con Jesús transforma la manera de amar. Nos invita a vivir un amor generoso, a servir con sencillez y a reconocer su presencia con un corazón abierto. Como el perfume de María, el amor auténtico no se queda oculto, sino que llena todo a su alrededor