En aquel tiempo, después de la multiplicación de los panes, Jesús
apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se dirigieran a Betsaida,
mientras él despedía a la gente. Después de despedirlos, se retiró al monte a
orar. Entrada la noche, la barca estaba en medio del lago y Jesús, solo, en
tierra. Viendo los trabajos con que avanzaban, pues el viento les era
contrario, se dirigió a ellos caminando sobre el agua, poco antes del amanecer,
y parecía que iba a pasar de largo. Al verlo andar sobre el agua, ellos
creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían
visto y estaban espantados. Pero él les habló enseguida y les dijo:
"¡Ánimo! Soy yo; no teman". Subió a la barca con ellos y se calmó el
viento. Todos estaban llenos de espanto y es que no habían entendido el
episodio de los panes, pues tenían la mente embotada.
Reflexión
En el relato, los discípulos están en medio del mar, agotados por remar
contra el viento. A menudo, nuestras "tormentas" personales nos hacen
sentir aislados, como si estuviéramos luchando solos contra una fuerza
abrumadora. El texto subraya que Jesús los ve desde la distancia, lo que nos
recuerda que nunca estamos fuera de su mirada, incluso cuando no sentimos su
presencia inmediata.
Lo más impactante es que, cuando Jesús se acerca caminando sobre el
agua, los discípulos se asustan y piensan que es un fantasma. Es una ironía
espiritual: aquello que viene a salvarnos a veces nos aterra porque no encaja
en nuestra lógica. Jesús responde con una frase que es el núcleo del pasaje:
"¡Ánimo! Soy yo, no tengan miedo".
El pasaje termina con una nota reflexiva: los discípulos estaban
asombrados porque "no habían entendido lo de los panes". Esto nos
sugiere que la falta de fe suele venir de una memoria corta. Olvidamos los
milagros de ayer (como la alimentación de los cinco mil) cuando surge el
problema de hoy. La invitación es a confiar en que quien tuvo poder sobre el
pan, también tiene poder sobre la tempestad.





