Sí. También las leyes de la naturaleza y las ordenaciones naturales
pertenecen a la Creación de Dios.
Remar Mar Adentro, pretende, como laicos comprometidos, presentar temas de reflexión para vivir el reino de Dios; levantando las anclas en una tarea asumida generosamente. Ricardo Huante Magaña
Sí. También las leyes de la naturaleza y las ordenaciones naturales
pertenecen a la Creación de Dios.
En aquel tiempo, la gente le preguntó a Jesús: "¿Qué señal vas a
realizar tú, para que la veamos y podamos creerte? ¿Cuáles son tus obras?
Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a
comer pan del cielo".
Jesús les respondió: "Yo les aseguro: No fue Moisés quien les dio
pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el
pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo".
Entonces le dijeron: "Señor, danos siempre de ese pan". Jesús
les contestó: "Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá
hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed".
Comentario
El pasaje de Juan muestra a la multitud pidiendo a Jesús una señal para
creer, comparándolo con Moisés y el maná en el desierto. Sin embargo, Jesús los
lleva a un nivel más profundo: no se trata solo de un milagro material, sino de
reconocer que Dios mismo es quien da el verdadero alimento.
Jesús revela que Él es el “pan de vida”, es decir, el alimento que
sacia el hambre más profunda del ser humano: el sentido, la esperanza y la vida
eterna. Mientras el maná sostenía el cuerpo por un tiempo, Jesús ofrece una
vida que no se agota.
Este texto invita a pasar de buscar solo soluciones inmediatas o
materiales, a descubrir en Jesús la respuesta plena a nuestras necesidades más
hondas. Creer en Él no es solo aceptar una idea, sino confiar y acercarse,
sabiendo que en Él nunca quedaremos vacíos.
Al atardecer del día de la multiplicación de los panes, los discípulos
de Jesús bajaron al lago, se embarcaron y empezaron a atravesar hacia
Cafarnaúm. Ya había caído la noche y Jesús todavía no los había alcanzado.
Soplaba un viento fuerte y las aguas del lago se iban encrespando.
Cuando habían avanzado unos cinco o seis kilómetros, vieron a Jesús
caminando sobre las aguas, acercándose a la barca, y se asustaron. Pero él les
dijo: "Soy yo, no tengan miedo". Ellos quisieron recogerlo a bordo y
rápidamente la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían.
Comentario
El pasaje narra cómo los discípulos, en medio de la oscuridad y el mar
agitado, ven a Jesús acercarse caminando sobre las aguas. Este momento revela
su poder divino y su presencia que disipa el miedo: cuando Él dice “Soy yo, no
teman”, la tormenta se transforma en calma.
El texto simboliza la fe que vence el temor y la certeza de que,
incluso en medio de las dificultades, Cristo se acerca para traer paz y
seguridad.
El entusiasmo religioso que experimentaron los discípulos ante las numerosas señales que Jesús cumplió durante su ministerio galileo, modificó su comprensión acerca de la identidad del Maestro. Estaban ciertos que Jesús de Nazaret era un profeta poderoso en obras y palabras. Cuando ese profeta enviado por Dios terminó sus días aparentemente abandonado en la cruz, los discípulos quedaron sumidos en un profundo desconsuelo. Los discípulos lograron liberarse de esa crisis de sentido gracias a las generosas manifestaciones del Señor resucitado. La esperanza cristiana acerca de la resurrección de Cristo no es una cuestión teórica, sino una vivencia imprescindible en la vida de los discípulos. A partir de esa confianza, podremos fortalecer nuestro espíritu para enfrentar esta hora tan dolorosa que atraviesa nuestro país.
<<Salieron Pedro y aquel otro discípulo y vinieron al sepulcro...
Hay que advertir aquí y tener muy en cuenta la recapitulación que hace
volviendo a lo que había dejado, poniéndolo, no obstante, como sucedido
después. Porque, habiendo dicho que llegaron al sepulcro, se vuelve atrás para
decir cómo llegaron: Corrían los dos simultáneamente... Donde manifiesta que,
corriendo con mayor velocidad, llegó primero aquel otro discípulo, que, siendo
él mismo, lo cuenta todo como si se tratase de otro. Y, habiéndose inclinado,
vio colocadas las envolturas, mas no entró. Vino en pos de él Simón Pedro y
entró en el sepulcro... ¿Vamos a pensar que estas cosas no tienen significación
alguna? Jamás lo hubiera yo pensado. Pero vamos apresuradamente a otras cosas
en las que nos obliga a detenernos la necesidad de resolver alguna dificultad o
de dar alguna aclaración. Detenerse a averiguar el significado de cada una de
estas cosas es ciertamente delicioso; pero para aquellos que disponen del
tiempo que a nosotros nos es tan escaso. Entonces entró también aquel discípulo
que había llegado primero al sepulcro. Llegó el primero, mas entró el segundo.
Tampoco esto está vacante de misterio, pero para esto yo no estoy vacante.
Dice: Y vio y creyó. Algunos, leyendo con poca atención, juzgan que Juan creyó
que Jesús había resucitado, mas no lo indica así lo que sigue. Porque ¿qué
indica lo que después añadió: No conocían aún la Escritura, que era conveniente
que Él resucitase de entre los muertos? Luego no creyó que hubiera resucitado,
ya que no sabía que era conveniente que Él resucitase. Pues ¿qué vio, qué
creyó? Vio el sepulcro vacío y creyó lo que la mujer había dicho» (San Agustín
[354-430]. Tratado 120 del Evangelio de Juan).
«Explicación del Símbolo apostólico» (2).
Este Credo está formulado
bíblicamente. Es un tejido de textos de la Escritura, donde es clara la
estructura trinitaria. En cada artículo del Credo se debe ir a la Biblia como
fundamento. San Ambrosio parece que hace implícitamente este silogismo: si la
Escritura es apostólica y el símbolo se basa en la Escritura, el símbolo tiene
autoridad apostólica. San Ireneo y Orígenes sostenían la autoridad apostólica
de este «Símbolo», aunque desconocían el momento de su composición. «Por tanto,
los santos apóstoles reunidos y juntos hicieron un breve símbolo. ¡Haced el
signo de la cruz! (Después de la introducción, el obispo invitaba a hacer la
señal de la cruz. La praxis cotidiana de la signación existía ya en esa época.
A partir del siglo III la signación, se había introducido en la liturgia. Es un
signo de confesión de la fe y de salvación). Hecho el signo de la cruz, se
recita el símbolo. En éste se expresa de modo clarísimo la divinidad de la
eterna Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que obran
inseparablemente, es decir, la adorable Trinidad. Nuestra fe es tal que creemos
del mismo modo en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Donde no hay
distinción de majestad tampoco debe haber diferencia en la fe. Luego, les he
recordado frecuentemente que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, fue el
único que asumió esta carne con un alma racional y perfecta y una forma
corpórea» (San Ambrosio [c. 340-397]. Explicación del Símbolo de los Apóstoles
2-3).
ANTÍFONA DE ENTRADA.
Aclama a Dios, tierra entera. Canten todo un himno a su nombre, denle
gracias y alábenlo. Aleluya (Cfr. Sal 65, 1-2).
GLORIA
Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a quienes ama el Señor.
Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos,
te damos gracias, Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre todopoderoso. Señor,
Hijo único, Jesucristo. Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre; tú que
quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros; tú que quitas el pecado del
mundo, atiende nuestra súplica; tú que estás sentado a la derecha del Padre,
ten piedad de nosotros; porque sólo tú eres Santo, sólo tú Señor, sólo tú
Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre.
Amén.
ORACIÓN COLECTA.
Dios nuestro, que tu pueblo se regocije siempre al verse renovado y
rejuvenecido, para que, al alegrarse hoy por haber recobrado la dignidad de su
adopción filial, aguarde seguro con gozosa esperanza el día de la resurrección.
Por nuestro Señor Jesucristo...
Monición: En la primera lectura san Pedro nos
presenta el misterio central de la vida de Cristo, fue entregado a la muerte,
ha resucitado y afirma ante el pueblo, "de esto nosotros somos
testigos". Escuchemos.
PRIMERA LECTURA. (Hech 2, 14. 22-33)
Del libro de los Hechos de los Apóstoles
El día de Pentecostés, se presentó Pedro, junto con los Once, ante la
multitud, y levantando la voz, dijo: "Israelitas, escúchenme. Jesús de
Nazaret fue un hombre acreditado por Dios ante ustedes, mediante los milagros,
prodigios y señales que Dios realizó por medio de él y que ustedes bien
conocen. Conforme al plan previsto y sancionado por Dios, Jesús fue entregado,
y ustedes utilizaron a los paganos para clavarlo en la cruz.
Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte, ya que no
era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio. En efecto, David dice,
refiriéndose a él: Yo veía constantemente al Señor delante de mí, puesto que él
está a mi lado para que yo no tropiece. Por eso se alegra mi corazón y mi
lengua se alboroza; por eso también mi cuerpo vivirá en la esperanza, porque
tú, Señor, no me abandonarás a la muerte, ni dejarás que tu santo sufra la
corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida y me saciarás de gozo en tu
presencia.
Hermanos, que me sea permitido hablarles con toda claridad. El
patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro se conserva entre nosotros
hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios le había prometido
con juramento que un descendiente suyo ocuparía su trono, con visión profética
habló de la resurrección de Cristo, el cual no fue abandonado a la muerte ni
sufrió la corrupción.
Pues bien, a este Jesús, Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros
somos testigos. Llevado a los cielos por el poder de Dios, recibió del Padre el
Espíritu Santo prometido a él y lo ha comunicado, como ustedes lo están viendo
y oyendo". Palabra de Dios.
A. Te alabamos, Señor.
SALMO RESPONSORIAL. (Sal 15)
R. Enséñanos, Señor, el camino de la vida. Aleluya.
L. Protégeme, Dios mío, pues eres mi refugio. Yo siempre he dicho que
tú eres mi Señor. El Señor es la parte que me ha tocado en herencia: mi vida
está en sus manos. / R.
L. Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye
internamente. Tengo siempre presente al Señor y con él a mi lado, jamás
tropezaré. / R.
L. Por eso se me alegran el corazón y el alma y mi cuerpo vivirá
tranquilo, porque tú no me abandonarás a la muerte ni dejarás que sufra yo la
corrupción. / R.
L. Enséñame el camino de la vida, sáciame de gozo en tu presencia y de
alegría perpetua junto a ti. / R.
Monición:
San Pedro, en la segunda lectura, pide a la comunidad fidelidad a Cristo en su
peregrinar por la tierra, llevando una vida nueva como respuesta al rescate
pagado por la preciosa sangre de Cristo. Escuchemos.
SEGUNDA LECTURA. (1 Pedro 1, 17-21)
De la primera carta del apóstol san Pedro
Hermanos: Puesto que ustedes llaman Padre a Dios, que juzga
imparcialmente la conducta de cada uno según sus obras, vivan siempre con temor
filial durante su peregrinar por la tierra.
Bien saben ustedes que de su estéril manera de vivir, heredada de sus
padres, los ha rescatado Dios, no con bienes efímeros, como el oro y la plata,
sino con la sangre preciosa de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha, al
cual Dios había elegido desde antes de la creación del mundo y, por amor a
ustedes, lo ha manifestado en estos tiempos, que son los últimos. Por Cristo,
ustedes creen en Dios, quien lo resucitó de entre los muertos y lo llenó de
gloria, a fin de que la fe de ustedes sea también esperanza en Dios. Palabra de
Dios. A. Te alabamos, Señor.
ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO. (Cfr. LC 24, 32)
R. Aleluya, aleluya. Señor Jesús, haz que comprendamos las Escrituras.
Enciende nuestro corazón mientras nos hablas. R. Aleluya, aleluya.
Monición: A los discípulos de Emaús, que regresaban
tristes a casa después de la crucifixión de Cristo, se les abrieron los ojos
cuando vieron al "desconocido" tomar el pan, pronunciar la bendición,
partirlo y dárselo. Escuchemos.
EVANGELIO. (LC 24, 13-35)
Del santo Evangelio según san Lucas A. Gloria a ti, Señor.
El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un
pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban
todo lo que había sucedido.
Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a
caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo
reconocieron. Él les preguntó: "¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos
de tristeza?".
Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único
forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?". Él les
preguntó: "¿Qué cosa?". Ellos le respondieron: "Lo de Jesús el
nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante
todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para
que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera
el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas
cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han
desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y
llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que
estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo
como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron".
Entonces Jesús les dijo: "¡Qué insensatos son ustedes y qué duros
de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era
necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?".
Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos
los pasajes de la Escritura que se referían a él.
Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más
lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque
ya es tarde y pronto va a oscurecer". Y entró para quedarse con ellos.
Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se
lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les
desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón
ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!"
Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde
encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron:
"De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón".
Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían
reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.
A. Gloria a ti, Señor Jesús.
PROFESIÓN DE FE
CREDO de los Apóstoles
Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y
gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder
de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los
infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y
está sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso. Desde allí ha de venir a
juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la
carne y la vida eterna.
Amén.
ORACIÓN UNIVERSAL.
Sacerdote: Invoquemos, amados hermanos, a Cristo, triunfador del pecado
y de la muerte, que siempre intercede por nosotros, y digámosle:
TODOS: Dador de la vida, escúchanos.
I. Para que Cristo, el Señor, atraiga hacia sí el corazón de los fieles
y fortalezca sus voluntades, de manera que busquen los bienes de allá arriba,
donde Él está sentado a la derecha de Dios. Roguemos al Señor.
2. Para que Cristo, amo
supremo de la creación, haga que todos los pueblos gocen abundantemente de la
paz que en sus apariciones otorgó a los discípulos. Roguemos al Señor.
3. Para que Cristo, el
destructor de la muerte y el médico de toda enfermedad, se compadezca de los
débiles y aleje del mundo el hambre, las guerras y todos los males. Roguemos al
Señor.
4. Para que Cristo bendiga
nuestra parroquia (comunidad), y conceda la paz, la alegría y el descanso a los
que hoy nos hemos reunido aquí para celebrar su triunfo. Roguemos al Señor.
Intenciones de la Iglesia local.
Sacerdote: Dios nuestro, que en este día has reunido a tu Iglesia que
peregrina por el mundo, escucha nuestra oración y abre nuestros corazones para
que entendamos las Escrituras y reconozcamos a tu Hijo al partir el pan. Él,
que vive y reina, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos. TODOS:
Amén.
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS.
Recibe, Señor, los dones que, jubilosa, tu Iglesia te presenta, y
puesto que es a ti a quien debe su alegría, concédele también disfrutar de la
felicidad eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
PREFACIO
El Misterio Pascual
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación
glorificarte siempre, Señor, pero más que nunca (en esta noche) (en este día)
(en este tiempo), en que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado. Porque él es el
verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo: muriendo, destruyó nuestra
muerte, y resucitando, restauró la vida. Por eso, con esta efusión del gozo
pascual, el mundo entero se desborda de alegría y también los coros
celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu
gloria: Santo, Santo, Santo...
ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN.
Los discípulos reconocieron al Señor Jesús, al partir el pan. Aleluya
(LC 24, 35).
ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN.
Dirige, Señor, tu mirada compasiva sobre tu pueblo, al que te has
dignado renovar con estos misterios de vida eterna, y concédele llegar un día a
la gloria incorruptible de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor.
En aquel tiempo, Jesús se fue a la otra orilla del mar de Galilea o
lago de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto las señales
milagrosas que hacía curando a los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó
allí con sus discípulos.
Estaba cerca la Pascua, festividad de los judíos. Viendo Jesús que
mucha gente lo seguía, le dijo a Felipe: "¿Cómo compraremos pan para que
coman éstos?" Le hizo esta pregunta para ponerlo a prueba, pues él bien
sabía lo que iba a hacer. Felipe le respondió: "Ni doscientos denarios de
pan bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan". Otro de sus
discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: "Aquí hay un
muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados. Pero ¿qué es eso para
tanta gente?" Jesús le respondió: "Díganle a la gente que se
siente". En aquel lugar había mucha hierba. Todos, pues, se sentaron ahí;
y tan sólo los hombres eran unos cinco mil.
Enseguida tomó Jesús los panes, y después de dar gracias a Dios, se los
fue repartiendo a los que se habían sentado a comer. Igualmente les fue dando
de los pescados todo lo que quisieron. Después de que todos se saciaron, dijo a
sus discípulos: "Recojan los pedazos sobrantes, para que no se
desperdicien". Los recogieron y con los pedazos que sobraron de los cinco
panes llenaron doce canastos.
Entonces la gente, al ver la señal milagrosa que Jesús había hecho,
decía: "Este es, en verdad, el profeta que habría de venir al mundo".
Pero Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró de
nuevo a la montaña, él solo.
Comentario
El evangelio de hoy nos presenta el signo de la multiplicación de los
panes, un momento en el que Jesús responde a una necesidad muy concreta: el
hambre de la multitud. No se trata solo de un milagro material, sino de una
enseñanza profunda sobre la confianza y la generosidad.
Jesús toma lo poco que hay —cinco panes y dos peces— y, dando gracias,
lo comparte. Esto nos muestra que, en sus manos, incluso lo pequeño puede
transformarse en abundancia. El gesto del niño que ofrece su alimento también
es significativo: compartir, aunque parezca insuficiente, puede ser el inicio
de algo mucho mayor.
Además, el texto revela la preocupación de Jesús por las personas en su
totalidad, no solo en lo espiritual, sino también en sus necesidades humanas.
Él no ignora el hambre, sino que actúa con compasión.
Finalmente, cuando la gente quiere proclamarlo rey, Jesús se retira.
Esto indica que su misión no es el poder político ni el reconocimiento humano,
sino revelar el amor de Dios y enseñar un camino distinto, basado en la entrega
y el servicio.
El pasaje nos invita a confiar, a compartir lo que tenemos y a
reconocer que la verdadera abundancia nace cuando ponemos nuestra vida en manos
de Dios.
"El que viene de lo alto está por encima de todos; pero el que
viene de la tierra pertenece a la tierra y habla de las cosas de la tierra. El
que viene del cielo está por encima de todos. Da testimonio de lo que ha visto
y oído, pero nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica
que Dios es veraz. Aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios, porque
Dios le ha concedido sin medida su Espíritu.
El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en
el Hijo tiene vida eterna. Pero el que es rebelde al Hijo no verá la vida,
porque la cólera divina perdura en contra de él".
Comentario
Jesús, se afirma que Él “viene de lo alto”, lo que lo coloca por encima
de todo lo terrenal. Mientras los seres humanos hablamos desde nuestra
experiencia limitada, Jesús habla desde Dios mismo, porque comparte plenamente
su vida y su verdad.
Sin embargo, el texto también señala una realidad difícil: no todos
aceptan su testimonio. Creer en Jesús no es solo aceptar una idea, sino
reconocer que en Él Dios se revela plenamente. Quien acoge su palabra entra en
una relación viva con Dios.
El pasaje culmina con una afirmación central: quien cree en el Hijo
tiene vida eterna. No se trata solo de una promesa futura, sino de una vida
nueva que comienza desde ahora. En cambio, rechazar al Hijo es cerrarse a esa
vida y permanecer lejos de Dios.
Este texto nos invita a confiar en Jesús, a escuchar su palabra con
apertura y a vivir desde esa fe que nos conduce a la vida verdadera.
"Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que
todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no
envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por
él. El que crea en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado
por no haber creído en el Hijo único de Dios.
La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo,
los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.
Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus
obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad, se
acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios".
Comentario
“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el
que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna.”
Este versículo resume la lógica del amor divino: Dios no actúa desde la
condena, sino desde la entrega. El envío del Hijo no es un gesto de juicio,
sino de salvación. La fe, entonces, no se reduce a aceptar una doctrina, sino a
abrirse a la luz que transforma la existencia.
Jesús es la luz que ha venido al mundo, pero cada persona decide si se
acerca a ella o se refugia en las sombras. La “condena” no proviene de Dios,
sino del rechazo voluntario a la verdad y al amor. En otras palabras, el juicio
se realiza en el presente, en la actitud ante la luz.
Este texto invita a mirar la fe como una respuesta libre y amorosa:
creer no es temer el castigo, sino aceptar el don de la vida eterna que
comienza ya, en la comunión con Dios y en la práctica del bien.
En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: "No te extrañes de que te
haya dicho: 'Tienen que renacer de lo alto'. El viento sopla donde quiere y
oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así pasa con quien
ha nacido del Espíritu". Nicodemo le preguntó entonces: "¿Cómo puede
ser esto?"
Jesús le respondió: "Tú eres maestro de Israel, ¿y no sabes esto?
Yo te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo
que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio. Si no creen cuando
les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán si les hablo de las
celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del hombre, que bajó del
cielo y está en el cielo. Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto,
así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él
tenga vida eterna".
Comentario
El pasaje forma parte del diálogo entre Jesús y Nicodemo y habla del
nuevo nacimiento, de la fe y del misterio de Dios.
Jesús le dice: “Tienen que nacer de nuevo”. No se refiere a un
nacimiento físico, sino a una transformación interior. Es un llamado a cambiar
el corazón, a abrirse a la acción del Espíritu. Así como el viento sopla y no
sabemos de dónde viene ni a dónde va, también el Espíritu actúa de manera
invisible pero real en la vida de las personas.
Nicodemo, que representa al que busca entender con la lógica, se
confunde. Jesús le hace ver que no todo lo de Dios se puede comprender con la
razón humana: hay que creer y confiar.
Luego Jesús habla de su propia misión: el Hijo del Hombre será
“elevado”, haciendo referencia a su muerte en la cruz. Así como Moisés levantó
la serpiente en el desierto para salvar al pueblo, Jesús será levantado para
dar vida eterna a quienes crean en Él.
Había un fariseo llamado Nicodemo, hombre principal entre
los judíos, que fue de noche a ver a Jesús y le dijo: "Maestro, sabemos
que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer las
señales milagrosas que tú haces, si Dios no está con él".
Jesús le contestó: "Yo te aseguro que quien no renace
de lo alto, no puede ver el Reino de Dios". Nicodemo le pregunto:
"¿Cómo puede nacer un hombre siendo ya viejo? ¿Acaso puede, por segunda
vez, entrar en el vientre de su madre y volver a nacer?"
Le respondió Jesús: "Yo te aseguro que el que no nace
del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la
carne, es carne; lo que nace del Espíritu, es espíritu. No te extrañes de que
te haya dicho: 'Tienen que renacer de lo alto'. El viento sopla donde quiere y
oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así pasa con quien
ha nacido del Espíritu".
Comentario
El evangelio de hoy nos presenta el encuentro entre Jesús y Nicodemo,
un hombre sabio y respetado, pero que aún busca comprender más profundamente el
misterio de Dios. Este diálogo ocurre de noche, lo cual no solo describe el
momento del día, sino también simboliza la búsqueda interior, las dudas y la
necesidad de luz espiritual.
Jesús introduce una idea fundamental: “nacer de nuevo”. No se trata de
un nacimiento físico, como piensa Nicodemo, sino de una transformación
interior. Es un llamado a renovarse desde lo más profundo del corazón, a dejar
atrás lo viejo para abrirse a una vida nueva en Dios.
Cuando Jesús habla de “nacer del agua y del Espíritu”, señala la acción
de Dios en la vida humana: el agua como signo de purificación y el Espíritu
como fuerza que da vida. Este nuevo nacimiento no depende solo del esfuerzo
humano, sino de la gracia divina que actúa en lo invisible.
La comparación con el viento es muy hermosa: el viento sopla donde
quiere, no lo vemos, pero sentimos sus efectos. Así es el Espíritu: actúa de
manera misteriosa, libre y poderosa en la vida de cada persona.
En conjunto, este texto nos invita a:
Abrirnos al cambio interior
Confiar en la acción del Espíritu
Buscar una fe más profunda, no solo intelectual, sino vivida
Es un llamado a dejar que Dios renueve nuestra vida desde dentro, para
vivir con una mirada nueva, llena de fe y esperanza.
Habiendo resucitado al amanecer del primer día de la semana, Jesús se
apareció primero a María Magdalena, de la que había arrojado siete demonios.
Ella fue a llevar la noticia a los discípulos, los cuales estaban llorando
agobiados por la tristeza; pero cuando la oyeron decir que estaba vivo y que lo
había visto, no le creyeron.
Después de esto se apareció en otra forma, a dos discípulos, que iban
de camino hacia una aldea. También ellos fueron a anunciarlo a los demás; pero
tampoco a ellos les creyeron.
Por último se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y
les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no les habían
creído a los que lo habían visto resucitado. Jesús les dijo entonces:
"Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura".
Comentario
Cuando Jesús se aparece primero a María Magdalena, se revela como el
Señor que vence la muerte y devuelve la vida. Ella se convierte en la primera
testigo del Resucitado, símbolo de la fe que nace del encuentro personal con
Cristo. Luego, al aparecerse a los discípulos, Jesús los reprende por su
incredulidad, pero inmediatamente los envía: “Vayan por todo el mundo y
proclamen el Evangelio a toda criatura.”
Este mandato une dos dimensiones inseparables: la experiencia de la fe
y la responsabilidad de compartirla. El creyente no puede guardar para sí la
alegría del Resucitado; está llamado a ser testigo vivo de la esperanza.
Podríamos decir que este pasaje resume la esencia del cristianismo:
encuentro, conversión y misión.
Las circunstancias en que vivía la comunidad primitiva de Jerusalén y las nuestras son totalmente distintas. No obstante, la misión fundamental sigue siendo idéntica. Vivir como discípulos de Jesús de forma congruente y creíble. Aquellos primeros hermanos fundamentaban su vida cristiana en la liturgia, la eucaristía, la evangelización y la comunión solidaria con los necesitados. Nada de eso podemos olvidar. La misión cristiana sigue siendo la misma. En la coyuntura de violencia, maltrato a la Casa Común y rechazo a los emigrantes que observamos en nuestra sociedad, tenemos que encontrar la manera de conectar nuestras convicciones creyentes, con nuestras actitudes responsables y solidarias con los necesitados. El clamor de la creación y de la humanidad no puede ser ignorado por un discípulo de Jesús.
Símbolo de los Apóstoles
«Aquel mismo día, primero de la semana... vino Jesús y se puso de pie
en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Y habiendo dicho esto,
les mostró las manos y el costado. Los clavos taladraron sus manos, y la lanza
abrió su costado, y en ellos conservó las señales de sus heridas para curar la
duda de sus corazones. Las puertas cerradas no fueron obstáculos a la mole de
aquel cuerpo, en el cual estaba la divinidad. Sin abrirlas solamente pudo
entrar Aquel que en su nacimiento conservó intacta la integridad de la Virgen.
Se alegraron los discípulos con la vista del Señor. Les dijo, pues, otra vez:
la paz sea con vosotros. Esta repetición es la confirmación. Él mismo dio la
paz sobre la paz, prometida por el profeta. Luego dice: Así como el Padre me
envió, así yo os envío a vosotros. Ya sabemos que el Hijo es igual al Padre,
mas aquí reconocemos las palabras del Mediador. Él se ha puesto en el medio,
diciendo: Él a mí y yo a vosotros. Y habiendo dicho esto, sopló y les dijo:
recibid al Espíritu Santo. Con ese soplo manifestó que el Espíritu Santo es no
sólo Espíritu del Padre, sino también suyo. A quienes perdonareis los pecados,
les serán perdonados; y a quienes se los retuviereis, les serán retenidos. La
caridad de la Iglesia, que por el Espíritu Santo es infundida en nuestros
corazones, perdona los pecados de quienes de ella participan, reteniéndoselos a
quienes de ella no participan; y por eso, después de decir: Recibid al Espíritu
Santo inmediatamente añadió esto sobre la remisión y retención de los pecados»
(San Agustín [354-430]. Tratado 121 del Evangelio de san Juan).
ANTÍFONA DE ENTRADA.
Como niños recién nacidos, anhelen una leche pura y espiritual que los
haga crecer hacia la salvación. Aleluya (1 Pe 2, 2).
GLORIA
Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a quienes ama el Señor.
Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos,
te damos gracias, Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre todopoderoso. Señor,
Hijo único, Jesucristo. Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre; tú que
quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros; tú que quitas el pecado del
mundo, atiende nuestra súplica; tú que estás sentado a la derecha del Padre,
ten piedad de nosotros; porque sólo tú eres Santo, sólo tú Señor, sólo tú
Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre.
Amén.
ORACIÓN COLECTA.
Dios de eterna misericordia, que
reanimas la fe de este pueblo a ti consagrado con la celebración anual de las
fiestas pascuales, aumenta en nosotros los dones de tu gracia, para que todos
comprendamos mejor la excelencia del bautismo que nos ha purificado, la
grandeza del Espíritu que nos ha regenerado y el precio de la Sangre que nos ha
redimido. Por nuestro Señor Jesucristo...
Monición: San Lucas
nos presenta los trazos esenciales de unidad que identifican a la primera
comunidad cristiana nacida de la fe en Cristo Resucitado, "los creyentes
vivían unidos y lo tenían todo en común". Escuchemos.
PRIMERA LECTURA. (Hech 2, 42-47)
Del libro de los Hechos de los Apóstoles
En los primeros días de la Iglesia, todos los que habían sido
bautizados eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la
comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones. Toda la gente
estaba llena de asombro y de temor, al ver los milagros y prodigios que los
apóstoles hacían en Jerusalén.
Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Los que
eran dueños de bienes o propiedades los vendían, y el producto era distribuido
entre todos, según las necesidades de cada uno. Diariamente se reunían en el
templo, y en las casas partían el pan y comían juntos, con alegría y sencillez
de corazón. Alababan a Dios y toda la gente los estimaba. Y el Señor aumentaba
cada día el número de los que habían de salvarse. Palabra de Dios. A. Te
alabamos, Señor.
SALMO RESPONSORIAL. (Sal 117)
R. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
L. Diga la casa de Israel: "Su misericordia es eterna". Diga
la casa de Aarón: "Su misericordia es eterna". Digan los que temen al
Señor: "Su misericordia es eterna". / R.
L. Querían a empujones derribarme, pero Dios me ayudó. El Señor es mi
fuerza y mi alegría, en el Señor está mi salvación. / R.
L. La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra
angular. Esto es obra de la mano del Señor, es un milagro patente. Éste es el
día del triunfo del Señor, día de júbilo y de gozo. / R.
Monición: San Pedro, en la segunda lectura, nos
entrega los principales temas de una catequesis bautismal, "Cristo
resucitado de entre los muertos, nos hace renacer de nuevo a una esperanza
viva". Escuchemos.
SEGUNDA LECTURA. (1 Pedro 1, 3-9)
De la primera carta del apóstol san Pedro
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, por su gran
misericordia, porque al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, nos
concedió renacer a la esperanza de una vida nueva, que no puede corromperse ni
mancharse y que él nos tiene reservada como herencia en el cielo. Porque
ustedes tienen fe en Dios, él los protege con su poder, para que alcancen la
salvación que les tiene preparada y que él revelará al final de los tiempos.
Por esta razón, alégrense, aun cuando ahora tengan que sufrir un poco
por adversidades de todas clases, a fin de que su fe, sometida a la prueba, sea
hallada digna de alabanza, gloria y honor, el día de la manifestación de
Cristo. Porque la fe de ustedes es más preciosa que el oro, y el oro se
acrisola por el fuego.
A Cristo Jesús no lo han visto y, sin embargo, lo aman; al creer en él
ahora, sin verlo, se llenan de una alegría radiante e indescriptible, seguros
de alcanzar la salvación de sus almas, que es la meta de la fe.
Palabra de Dios.
A. Te alabamos, Señor.
ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO. (Jn 20, 29)
R. Aleluya, aleluya. Tomás, tú crees porque me has visto; dichosos los
que creen sin haberme visto, dice el Señor. R. Aleluya, aleluya.
Monición: En el evangelio escucharemos dos
apariciones de Cristo resucitado; en la primera no estaba Tomás y afirmó que él
no creía. Ocho días después recibe el regalo del resucitado y es invitado a
dejar su incredulidad. Escuchemos.
EVANGELIO. (Jn 20, 19-31)
Del santo Evangelio según san Juan A. Gloria a ti, Señor.
Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas
de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se
presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con
ustedes". Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los
discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.
De nuevo les dijo Jesús: "La paz esté con ustedes. Como el Padre
me ha enviado, así también los envío yo". Después de decir esto, sopló
sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen
los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les
quedarán sin perdonar".
Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos
cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: "Hemos visto al
Señor". Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los
clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en
su costado, no creeré".
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y
Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les
dijo: "La paz esté con ustedes". Luego le dijo a Tomás: "Aquí
están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no
sigas dudando, sino cree". Tomás le respondió: "¡Señor mío y Dios
mío!" Jesús añadió: "Tú crees porque me has visto; dichosos los que
creen sin haber visto".
Otros muchos signos hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no
están escritos en este libro. Se escribieron éstos para que ustedes crean que
Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su
nombre.
Palabra del Señor.
A. Gloria a ti, Señor Jesús.
PROFESIÓN DE FE
CREDO de los Apóstoles
Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y
gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder
de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los
infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y
está sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso. Desde allí ha de venir a
juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la
carne y la vida eterna.
Amén.
ORACIÓN UNIVERSAL
Sacerdote: Llenos de gozo por la santa resurrección del Señor,
purificados nuestros sentimientos y renovado nuestro espíritu, supliquemos con
insistencia al Señor, diciendo:
TODOS: Jesús resucitado, escúchanos.
1. A Cristo, que ha
vencido la muerte y ha destruido el pecado, pidámosle que todos los cristianos
seamos siempre fieles a las promesas del bautismo que renovamos en la noche
santa de Pascua. Roguemos a/ Señor.
2. A Cristo, que ha
otorgado el perdón y la paz a los pecadores, supliquémosle que quienes han
regresado al camino de la vida conserven los dones que la misericordia del
Padre les ha restituido. Roguemos al Señor.
3. A Cristo, que ha dado
al mundo la vida verdadera y ha renovado toda la creación, pidámosle por los
que, por no creer en su triunfo, viven sin esperanza. Roguemos al Señor.
4. A Cristo, que ha colmado de alegría a los pueblos, los ha
enriquecido con sus dones y ha hecho vibrar de gozo nuestros corazones,
pidámosle que renueve la esperanza de los que sufren y lloran. Roguemos al
Señor.
Sacerdote: Señor, Dios nuestro, escucha nuestra oración y acrecienta en
nosotros la fe pascual, para que, creyendo en tu Hijo, sin haberlo visto,
consigamos la salvación de nuestras almas. Por Jesucristo, nuestro Señor, que
vive y reina, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos. TODOS: Amén.
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS.
Recibe, Señor, las ofrendas de tu pueblo (y de los recién bautizados),
para que, renovados por la confesión de tu nombre y por el bautismo, consigamos
la felicidad eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
PREFACIO
El Misterio Pascual
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación
glorificarte siempre, Señor, pero más que nunca (en esta noche) (en este día)
(en este tiempo), en que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado. Porque él es el
verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo: muriendo, destruyó nuestra
muerte, y resucitando, restauró la vida. Por eso, con esta efusión del gozo
pascual, el mundo entero se desborda de alegría y también los coros
celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu
gloria: Santo, Santo, Santo...
ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN.
Jesús dijo a Tomás: Acerca tu mano, toca los agujeros que dejaron los
clavos y no seas incrédulo, sino creyente. Aleluya (Cfr. Jn 20, 27).
ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN.
Dios todopoderoso, concédenos que la gracia recibida en este sacramento
pascual permanezca siempre en nuestra vida. Por Jesucristo, nuestro Señor.