En aquel tiempo, cuando Jesús bajó de la montaña, lo iba siguiendo una
gran multitud. De pronto se le acercó un leproso, se postró ante él y le dijo:
"Señor, si quieres, puedes curarme". Jesús extendió la mano y lo
tocó, diciéndole: "Sí quiero, queda curado". Inmediatamente quedó
limpio de la lepra. Jesús le dijo: "No le vayas a contar esto a nadie.
Pero ve ahora a presentarte al sacerdote y lleva la ofrenda prescrita por
Moisés para probar tu curación".
Reflexión
El Evangelio nos muestra que Jesús no sólo escucha el clamor del
leproso, sino que se acerca a él y lo toca. En una época en la que los leprosos
eran rechazados y considerados impuros, ese gesto revela un amor que rompe las
barreras del miedo, del prejuicio y de la exclusión.
El leproso se acerca con una fe humilde: "Señor, si quieres,
puedes curarme". No exige, sino que confía plenamente en la voluntad de
Jesús. Y la respuesta del Señor es clara y llena de esperanza: "Sí quiero,
queda curado".
También hoy, Jesús sigue acercándose a nuestras heridas físicas,
emocionales y espirituales. Nos invita a confiar en su misericordia y, al mismo
tiempo, a imitar su ejemplo, tendiendo la mano a quienes viven solos, enfermos,
rechazados o necesitados de consuelo. El verdadero discípulo no pasa de largo
ante el sufrimiento, sino que lo enfrenta con compasión y amor.

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