viernes, 10 de julio de 2026

Evangelio del 11 de julio 2026 Mateo 10, 24-33



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: "El discípulo no es más que el maestro, ni el criado más que su señor. Le basta al discípulo ser como su maestro y al criado ser como su señor. Si al señor de la casa lo han llamado Satanás, ¡qué no dirán de sus servidores!

No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas. No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.

¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.

A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos".

 

Reflexión

 

En este pasaje, Jesús anima a sus discípulos a vivir con confianza y valentía, recordándoles que seguirlo implica compartir su misma misión y, a veces, también su rechazo. Ser discípulo no significa ser mis que el maestro, sino parecerse a él en el amor, la entrega y la fidelidad al Padre.

Jesús nos invita a no tener miedo de los que pueden hacer daño al cuerpo, porque Dios cuida incluso de los detalles más pequeños de nuestra vida. Si se preocupa por los pajarillos y conoce cada cabello de nuestra cabeza, Cómo no va a cuidar de nosotros?

Esto nos recuerda nuestro gran valor a los ojos de Dios. Además, Jesús nos llama a ser testigos valientes de la verdad: no guardar para nosotros lo que él nos enseña, sino anunciarlo con sencillez y claridad en cualquier lugar y momento.

Por último, nos recuerda la importancia de reconocerlo delante de los demás. Nuestra fe no es alga que se esconde, sino un tesoro que se comparte. Él, que nuncio nos abandona, también nos reconocerá ante su Padre si nosotros lo reconocemos con nuestras palabras y acciones.

Que esta Palabra nos impulse a vivir sin miedo, con confianza en Dios, y a ser testigos alegres y fieles del amor de Jesús cade día.

No hay comentarios:

Publicar un comentario