«En efecto, cada uno de los que aceptaron la palabra de verdad debe
probarse a sí mismo y examinarse, o ser examinado y probado por maestros del
espíritu, cuáles son las razones de su fe y cuáles las motivaciones de su
entrega a Dios: debe sopesar si cree realmente y de verdad apoyado en la
palabra de Dios, o si cree más bien inducido por la opinión que él se ha
formado sobre la justificación y la fe. Toda persona tiene a su alcance la
posibilidad de comprobar y demostrarse a sí mismo si es fiel en lo menudo -me
refiero a los bienes temporales-. ¿De qué forma? Escucha: ¿Te crees digno del
reino de los cielos?, ¿te confiesas hijo de Dios nacido de arriba?, ¿te
consideras coheredero de Cristo, destinado a reinar eternamente con él y a
gozar de las delicias en la arcana luz por siglos incontables e infinitos,
exactamente como Dios? Me contestarás sin duda: Ciertamente: ésa es
precisamente la razón por la que he dejado el mundo y me he entregado en cuerpo
y alma al Señor. Examínate, pues, y mira si no te retienen todavía las
preocupaciones terrenas, o el desmedido afán del sustento y del vestido
corporal, o bien otros intereses y el confort, como si tú fueras capaz de
proveerte por ti mismo de lo que se te ha ordenado no preocuparte en absoluto,
es decir, de tu vida. Pues si estás convencido de poder conseguir los bienes
inmortales, eternos, permanentes y carentes de envidia, mucho más convencido
has de estar de que el Señor te otorgará estos bienes caducos y terrenos, que
él concede incluso a los hombres impíos y hasta a los mismos pájaros,
habiéndote él mismo enseñado a no preocuparte lo más mínimo de estas cosas. Tú,
pues, que te has hecho peregrino de este mundo, debes obtener una nueva y
peregrina fe, un modo de pensar y de vivir superior al de todos los hombres de
este mundo» (Autor del siglo IV. Homilía 48, 1-6).

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