«Nuestro Señor Jesucristo ascendió al cielo un día como hoy; que
nuestro corazón ascienda también con él. Escuchemos al Apóstol: Ya que habéis
resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo,
sentado a la derecha de Dios... Y así como él ascendió sin alejarse de
nosotros, nosotros estamos ya allí con él, aun cuando todavía no se haya
realizado en nuestro cuerpo lo que nos ha sido prometido. Él fue ya exaltado
sobre los cielos; pero sigue padeciendo en la tierra todos los trabajos que
nosotros, que somos sus miembros, experimentamos. De lo que dio testimonio
cuando exclamó: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? ¿Por qué no vamos a
esforzarnos sobre la tierra, de modo que gracias a la fe, la esperanza y la
caridad, con las que nos unimos con él, descansemos ya con él en los cielos?
Mientras él está allí, sigue estando con nosotros; y nosotros, mientras estamos
aquí, podemos estar ya con él allí. Él está con nosotros por su divinidad, su
poder y su amor; nosotros, en cambio, aunque no podemos llevarlo a cabo como él
por la divinidad, sí que podemos por el amor hacia él. No se alejó del cielo,
cuando descendió hasta nosotros; ni de nosotros, cuando regresó hasta él. Él
mismo es quien asegura que estaba allí mientras estaba aquí: Nadie ha subido al
cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
Esto lo dice en razón de la unidad que existe entre él, nuestra cabeza, y
nosotros, su cuerpo. Y nadie, excepto él, podría decirlo, ya que nosotros
estamos identificados con él, en virtud de que él, por nuestra causa, se hizo
Hijo del hombre, y nosotros, por él, hemos sido hechos hijos de Dios» (San
Agustín [354-430]. Sermón sobre la Ascensión del Señor).

No hay comentarios:
Publicar un comentario