Transmitimos la fe porque Jesús nos encarga: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19).
Ningún cristiano auténtico deja la transmisión de la fe sólo en manos
de los especialistas (maestros, sacerdotes, misioneros). Uno es cristiano para los
demás. Esto quiere decir que todo cristiano auténtico desea que Dios llegue
también a los demás. Se dice: «¡El Señor me necesita! Estoy bautizado,
confirmado y soy responsable de que las personas de mi entorno tengan noticia
de Dios y 'lleguen al conocimiento de la verdad'» (1 Tim 2,4b). La Madre Teresa
empleaba una buena comparación: «A menudo puedes ver cables que cruzan las
calles. Antes de que la corriente fluya por ellos no hay luz. El cable somos tú
y yo. ¡La corriente es Dios! Tenemos el poder de dejar pasar la corriente a
través de nosotros y de este modo generar la luz del mundo ─JESÚS– o de negarnos a ser
utilizados y de este modo permitir que se extienda la oscuridad».

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