En aquel tiempo, llegaron a donde estaba Jesús, su madre y sus
parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a él estaba sentada
una multitud, cuando le dijeron: "Ahí fuera están tu madre y tus hermanos,
que te buscan".
Él les respondió: "¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?" Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: "Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre".
Reflexión
En un contexto donde la familia biológica y los lazos de sangre lo eran
todo, Jesús propone una nueva definición de pertenencia.
La mirada más allá de la sangre
Cuando le avisan a Jesús que su madre y sus hermanos están fuera
buscándolo, su respuesta no es un desaire, sino una ampliación del concepto de
familia. Él no niega a su familia terrenal, sino que invita a todos a formar
parte de una familia espiritual que no se rige por el ADN, sino por la
disposición del corazón.
La centralidad de la Voluntad de Dios
Jesús establece un criterio único para la fraternidad: "El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre". No basta con estar "cerca" de Jesús físicamente. La verdadera cercanía es la obediencia amorosa al Padre. Esto democratiza el acceso a la intimidad con Dios; cualquier persona, sin importar su origen, puede ser "familia" de Jesús.
Una comunidad de iguales
Al mirar a los que estaban sentados a su alrededor en círculo, Jesús
valida a la comunidad que escucha y pone en práctica su palabra. Nos enseña que
la Iglesia no es una institución de extraños, sino un hogar donde el vínculo
que nos une es nuestra fe compartida y el deseo de vivir según los valores del
Reino.
Reflexión personal: A veces nos sentimos solos o desconectados, pero
este pasaje nos recuerda que, al intentar vivir con rectitud y amor según el
plan de Dios, entramos automáticamente en el círculo más íntimo de Jesús.

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