En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: "El Reino de Dios se
parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que
pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y
crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos,
luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están
maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de
la cosecha".
Les dijo también: "¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con
qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que,
cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada,
crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que
los pájaros pueden anidar a su sombra".
Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su
mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en
parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.
Reflexión
Este pasaje nos recuerda que el Reino de Dios crece de manera sencilla
y silenciosa. Muchas veces no vemos resultados inmediatos, pero Dios actúa
incluso cuando no lo percibimos. Nuestra tarea es sembrar con fe y constancia,
confiando en que Él hará crecer lo que parece pequeño.
La parábola del grano de mostaza nos anima a no perder la esperanza: lo humilde y frágil puede transformarse en algo grande y lleno de vida. Dios obra desde lo pequeño, invitándonos a confiar, esperar y creer que su amor siempre da fruto a su tiempo.

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