domingo, 25 de enero de 2026

Evangelio del 26 de enero 2026 Marcos 3, 22-30

 



En aquel tiempo, los escribas que habían venido de Jerusalén decían acerca de Jesús: "Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera".

Jesús llamó entonces a los escribas y les dijo en parábolas: "¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Porque si un reino está dividido en bandos opuestos no puede subsistir. Una familia dividida tampoco puede subsistir. De la misma manera, si Satanás se rebela contra sí mismo y se divide, no podrá subsistir, pues ha llegado su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.

Yo les aseguro que a los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón; será reo de un pecado eterno". Jesús dijo esto, porque lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo.

Reflexión

Lo impactante de este pasaje no es solo la acusación, sino de dónde viene. Los escribas eran los expertos en la Ley, los "estudiosos" que deberían haber reconocido al Mesías. Sin embargo, ante lo inexplicable (las sanaciones y liberaciones de Jesús), prefieren atribuir el bien al mal antes que admitir que estaban equivocados. Llamar a la luz "tinieblas" es el síntoma más grave de un corazón endurecido.

Jesús nos enseña que el Reino de Dios no es confusión, sino orden y propósito. Si Jesús vence al mal, es porque posee una autoridad superior. Él utiliza la analogía del "hombre fuerte" para explicar que, para liberar a la humanidad, primero debía atar al opresor.

Este texto suele generar temor, pero su significado es profundo: el pecado contra el Espíritu Santo no es un error puntual, sino una actitud persistente de rechazo. Si alguien decide que la mano de Dios es, en realidad, la mano del demonio se cierra a sí mismo la puerta del perdón, porque está rechazando la única herramienta que nos lleva al arrepentimiento: el Espíritu Santo.

Examinemos cómo juzgamos lo que Dios hace en los demás. ¿Estamos abiertos a la sorpresa de la gracia o somos como los escribas, atrapados en nuestros propios prejuicios?

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