Homilía de san Cirilo de Alejandría.
Esta homilía la pronunció en el
Concilio de Éfeso. En el siguiente texto el Obispo dirige a la Madre de Dios
hermosas y filiales alabanzas: «Salve, María, Madre de Dios, veneradísimo
tesoro de todo el orbe, antorcha inextinguible, corona de la virginidad, trono
de la recta doctrina, templo indestructible, habitáculo de aquel que no puede
ser contenido en lugar alguno, Virgen y Madre por quien se nos ha dado el
llamado en los Evangelios bendito el que viene en nombre del Señor. Salve, tú
que encerraste en tu seno virginal al que es inmenso e inabarcable. Tú, por
quien la Santísima Trinidad es adorada y glorificada. Tú, por quien la cruz
preciosa es celebrada y adorada en todo el mundo. Tú, por quien exulta el
cielo, se alegran los ángeles y arcángeles, huyen los demonios, por quien el
diablo tentador fue arrojado del cielo, y la criatura, caída por el pecado, es
elevada al cielo... ¿Quién de entre los hombres será capaz de alabar como se
merece a María, digna de toda alabanza? Es Virgen y Madre: ¡qué maravilla! Este
milagro me llena de estupor. ¿Quién oyó jamás decir que al constructor de un
templo se le prohíba entrar en él? ¿Quién podrá tachar de ignominia a quien
toma a su propia esclava por Madre? Nosotros hemos de adorar y respetar la
unión del Verbo con la carne, hemos de tener temor de Dios y dar culto a la
Santa Trinidad, hemos de celebrar con nuestros himnos a María, la siempre
Virgen, templo santo de Dios, y a su Hijo, el Esposo de la Iglesia, nuestro Señor
Jesucristo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén».

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