Carta a Diogneto.
[Texto anónimo de finales del siglo ll]).
La inmensa paciencia y misericordia de Dios hacia la humanidad.
Aunque el ser humano se dejó llevar por el pecado y las pasiones
desordenadas, Dios no lo abandonó ni lo rechazó, sino que esperó con amor el
momento oportuno para revelar, por medio de su Hijo, su plan de salvación. Esa
paciencia divina no significó aprobación del pecado, sino una oportunidad para
que la humanidad reconociera su necesidad de Dios. Así, comprendemos que la
salvación no es fruto de nuestros méritos, sino de la bondad y el poder de
Dios, quien, con infinita caridad, nos hace capaces de participar en su Reino.

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