Jesús nos enseña que el Reino de
Dios crece con paciencia en quienes acogen su gracia con humildad. La fe debe
reflejarse en el servicio y el compromiso con los demás. Pidamos al Espíritu
Santo que fortalezca nuestro testimonio para llevar esperanza y vida a nuestro
entorno.
El camino cristiano está abierto para todos, pero cada persona decide
cuándo y a qué ritmo irlo recorriendo. El seguimiento de Jesús es un esfuerzo
exigente que no termina nunca de consolidarse. Se decide ser discípulo y no se
termina nunca por serlo completamente. Es un eterno esfuerzo de estira y
afloja. En ese intento no se trabaja solo, sino que se cuenta siempre con el
auxilio de la gracia de Dios. Quien se deje ayudar con mayor apertura,
permitirá que el arbolito de mostaza vaya creciendo más rápidamente que quien
oponga resistencias. Los cristianos no podemos aislarnos en burbuja alguna,
puesto que estamos llamados a permear con el impulso del Espíritu vivificante
de Dios los espacios, donde algunos pretenden apagar la vida, sean los ámbitos
naturales o los ámbitos sociales y familiares.

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