Nadie puede creer por sí solo, como nadie puede vivir por sí solo.
Recibimos la fe de la Iglesia y la vivimos en comunión con los hombres con los
que compartimos nuestra fe.
La fe es lo más personal de un hombre, pero no es un asunto privado.
Quien quiera creer tiene que poder decir tanto «yo» como «nosotros», porque una
fe que no se puede compartir ni comunicar sería irracional. Cada creyente da su
asentimiento libre al «creemos» de la IGLESIA. De ella ha recibido la fe. Ella
es quien la ha transmitido a través de los siglos hasta él, la ha protegido de
falsificaciones y la ha hecho brillar de nuevo. La fe es por ello tomar parte
en una convicción común. La fe de los otros me sostiene, así como el fuego de
mi fe enciende y conforta a otros. El «yo» y el «nosotros» de la fe lo destaca
la Iglesia empleando dos confesiones de la fe en sus celebraciones: el credo
apostólico, que comienza con «creo» (CREDO) y el credo de Nicea Constantinopla,
que en su forma original comenzaba con «creemos» (Credimus).

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