Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: «Alégrate, llena de
gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y
se preguntaba qué querría decir semejante saludo.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia ante
Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él
será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de
David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su
reinado no tendrá fin».
María le dijo entonces al ángel: «¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo
permanezco virgen?» El ángel le contestó: «El Espíritu Santo descenderá sobre
ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va
a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que
a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que
llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios». María contestó: «Yo
soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho». Y el ángel se
retiró de su presencia.
Comentario
Este pasaje presenta el momento de la Anunciación, donde Dios irrumpe
en la vida de María con una propuesta inesperada. Lo más significativo no es
solo el mensaje del ángel, sino la actitud de María: escucha, se turba,
pregunta y finalmente confía.
Este texto muestra que la fe no es ausencia de dudas, sino apertura a
la voluntad de Dios incluso cuando no se comprende del todo. María representa a
quien se abandona con libertad y responsabilidad, diciendo “sí” a un plan que
la supera.
En el fondo, el mensaje invita a reconocer que Dios sigue llamando en
lo cotidiano, y que la respuesta humana —como la de María— puede convertir lo
ordinario en historia de salvación.

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