«Damos gracias al Dios misericordioso que, como afirma el Apóstol, nos
ha hecho partícipes de la suerte de los santos en la luz. Él es quien nos libró
del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino de su amado Hijo (Col 1,
12-13). Isaías lo había anunciado: el pueblo que andaba a oscuras vio una gran
luz (Is 9, 1-2). De ellos vuelve a decir Isaías al Señor. Pueblos que no te
conocen te invocarán, y pueblos que te ignoran vendrán a ti (Is 55, 5). Abraham
vio este día y se alegró (Jn 8, 56). Se regocijó cuando supo que los hijos de
su fe serían bendecidos en su descendencia, es decir, en Cristo, y cuando
entrevió que por su fe llegaría a ser padre de todos los pueblos dio gloria a
Dios, plenamente convencido de que cumpliría lo que el Señor había prometido
(Rm 4, 20-21). Este día David cantó en los Salmos diciendo: Todos los pueblos
que creaste vendrán y se postrarán ante ti, oh, Señor, para dar gloria a tu
nombre (Sal 85, 9); y otra vez. El Señor ha manifestado su salvación, a los
ojos de los pueblos ha revelado su justicia (Sal 97, 2). Todo esto, lo sabemos,
se realizó cuando los tres Magos, llamados desde sus lejanos países, fueron
conducidos por una estrella a conocer y adorar al Rey del cielo y de la tierra.
Esta estrella nos exhorta particularmente a imitar el servicio que ella prestó,
en el sentido de que debemos seguir, con todas nuestras fuerzas, la gracia que
invita a todos a Cristo. En este compromiso, hermanos queridos, todos debéis
ayudarse mutuamente. Resplandeced, pues, como hijos de la luz en el reino de
Dios, a donde conducen la fe verdadera y las buenas obras. Por Cristo, Nuestro
Señor. Amén» (San León Magno [c.390-461] 45 0 Papa de la Iglesia. Disc. 3 para
la Epifanía, 1-3. 5).

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