viernes, 2 de enero de 2026

Evangelio del 3 de agosto 2026 Juan 1, 29-34

 


En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: "Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo he dicho: 'El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo'. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel". Entonces Juan dio este testimonio: "Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: 'Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo'. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios".

 

Reflexión

 

Este pasaje de Juan uno de los momentos más densos y reveladores del Evangelio, pues marca la transición de la promesa a la realidad.

Cuando Juan el Bautista exclama: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo», está uniendo todo el Antiguo Testamento con el Nuevo. No presenta a un guerrero o a un rey político, sino a una figura de sacrificio y entrega. Es la invitación a ver en Jesús no solo a un maestro, sino a aquel que viene a restaurar nuestra relación con lo divino desde la raíz.

Es fascinante notar cómo Juan el Bautista, teniendo sus propios seguidores, redirige toda la atención hacia Jesús. Dice: «Después de mí viene un hombre que es superior a mí». La reflexión aquí es sobre nuestra propia capacidad de hacerse a un lado para que la verdad y la luz de otros brillen. Juan entiende que su misión no es ser el centro, sino el puente.

El texto enfatiza que el Espíritu descendió y "permaneció" sobre Él. Esto nos dice que la misión de Jesús no es un acto humano de buena voluntad, sino una misión investida de poder espiritual. Juan no lo conocía en su plenitud hasta que vio esa señal; a veces, nosotros también necesitamos detenernos y observar con los ojos del espíritu para reconocer la presencia de Dios en lo cotidiano.

Este pasaje nos invita a preguntarnos: ¿Qué "pecado" o carga necesitamos que el Cordero quite de nuestra vida hoy? y ¿Cómo podemos, como Juan, ser testigos de la luz para los demás?

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