La experiencia de los creyentes que viven demasiado seguros de sus
creencias se convierte en ocasiones en un peligro para la convivencia social.
La superioridad moral o religiosa de quienes juzgan que su camino religioso es
muy superior al de los otros, puede convertirse en fanatismo y violencia.
Desafortunadamente hemos conocido ejemplos recientes, no sólo por parte de
fanáticos religiosos, sino también de políticos que alegan la supremacía de una
raza o una cultura sobre otra. La mirada del profeta (Isaías 49, 3, 5-6) no se
asemeja a tales discursos. El Siervo del Señor tiene una misión amistosa e
incluyente: invitar a todos los pueblos a la salvación. No se trata de imponer,
sino de proponer un camino de salvación para las personas bien dispuestas.
Estamos urgidos de vivir la fe con una actitud más dialogal. Quienes no
consiguen comprender las exigencias evangélicas, no pueden ser forzados a vivir
conforme a lo que a los cristianos nos parece tan claro y natural.

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