«Lo sabéis muy bien, que Juan el Bautista, cuanto más preclaro era
entre los nacidos de mujer y cuanto más débil para conocer al Señor, tanto más
mereció ser amigo del Novio, celoso del Novio, no de sí mismo, pues buscaba no
su honor, sino el de su juez, a quien precedía como heraldo. Así pues, se
concedió a los profetas precedentes predecir el futuro sobre Cristo; a él, en
cambio, indicarlo con su dedo. En efecto, como ignoraban a Cristo quienes,
antes que viniera, no creyeron a los profetas, así, incluso presente, lo
ignoraban. En efecto, primero vino humildemente y oculto, tanto más oculto
cuanto más humilde. Por su parte, las gentes que por su soberbia despreciaron
la condición baja de Dios, crucificaron a su Salvador y lo convirtieron en su
condenador. Pero quien primeramente vino oculto porque vino humilde, ¿acaso no
va a venir después manifiesto, porque vendrá excelso? Acabáis de oír el salmo:
viene nuestro Dios y no se callará (Sal 50, 3). Calló para ser juzgado, no
callará cuando empiece a jugar. No se diría: Viene manifiesto, si primeramente
no hubiese venido oculto; ni se diría: No se callará, sino porque primeramente
calló. ¿Cómo calló? Interroga a Isaías: Como un cordero al degüello era
llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él
abrió la boca. ¿Cómo? Delante de él, un fuego que devora, en torno a él,
violenta tempestad. Esa tempestad tiene que retirar de la era toda la paja que
ahora se trilla, y el fuego, quemar lo que la tempestad se haya llevado. Ahora,
en cambio, se calla; calla en cuanto al juicio, pero no en cuanto al precepto»
(San Agustín (453-430). Evangelio de Juan. Tratado 4, 1-2).

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