jueves, 1 de enero de 2026

Evangelio del 2 de diciembre 2025 Juan 1, 19-28

 


Este es el testimonio que dio Juan el Bautista, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén a unos sacerdotes y levitas para preguntarle: "¿Quién eres tú? “El reconoció y no negó quién era. El afirmó: "Yo no soy el Mesías". De nuevo le preguntaron: "¿Quién eres, pues? ¿Eres Elías?" Él les respondió: "No lo soy". "¿Eres el profeta?" Respondió: "No". Le dijeron: "Entonces dinos quién eres, para poder llevar una respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?" Juan les contestó: "Yo soy la voz que grita en el desierto: 'Enderecen el camino del Señor', como anunció el profeta Isaías”. Los enviados, que pertenecían a la secta de los fariseos, le preguntaron: "Entonces ¿por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta?" Juan les respondió: "Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”. Esto sucedió en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan bautizaba.

 

Reflexión

 

Esta sección del Evangelio de Juan nos presenta a Juan el Bautista no como el protagonista, sino como el "testigo". Su actitud ofrece una lección profunda sobre la identidad y la humildad.

Los sacerdotes y levitas interrogan a Juan buscando encasillarlo en figuras conocidas: ¿Eres el Mesías? ¿Elías? ¿El Profeta? La respuesta de Juan es un ejercicio de desapego del ego. Él no define su valor por un título de poder, sino por su función en relación con otro.

Al citar a Isaías —"Yo soy la voz que clama en el desierto"— Juan nos enseña que su misión es ser un canal. La voz es temporal, lo que importa es la Palabra que transmite. En un mundo que nos empuja a ser el centro de atención, el Bautista nos invita a ser "señalizadores" que apuntan hacia algo más grande que nosotros mismos.

La frase "En medio de ustedes hay uno a quien ustedes no conocen" es una advertencia espiritual constante. A menudo buscamos lo sagrado en lo extraordinario, mientras que Jesús ya está presente en lo cotidiano, en el prójimo o en el silencio, esperando ser reconocido.

 

Reflexión final: Juan el Bautista nos enseña que para que la luz brille con fuerza, el espejo debe estar limpio y en la posición correcta, pero nunca debe pretender ser la fuente de la luz.

 

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