miércoles, 7 de enero de 2026

Evangelio del 8 de enero 2026 Lucas 4, 14-22


 

En aquel tiempo, con la fuerza del Espíritu, Jesús volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas; todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región.

Fue también a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito:

El Espíritu del Señor está sobre mí,

porque me ha ungido

para llevar a los pobres la buena nueva,

para anunciar la liberación a los cautivos

y la curación a los ciegos,

para dar libertad a los oprimidos

y proclamar el año de gracia del Señor.

Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a hablar, diciendo: "Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír".

Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios.

 

Reflexión

 

Jesús entra en la sinagoga de su infancia y lee al profeta Isaías. Al decir "Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír", no solo está leyendo un texto antiguo; se está presentando como la respuesta de Dios a siglos de espera. El "hoy" de Dios no es un tiempo lejano, es el presente que transforma la realidad.

El programa de Jesús es profundamente humano y compasivo. No viene a establecer un sistema de normas, sino a:

Dar buenas noticias a los pobres.

Anunciar la libertad a los cautivos.

Dar vista a los ciegos.

Poner en libertad a los oprimidos.

Su mensaje nos recuerda que la fe verdadera siempre va de la mano con la justicia y el alivio del sufrimiento ajeno.

Al principio, todos están admirados por sus palabras de gracia. Sin embargo, el texto nos invita a preguntarnos: ¿Estamos dispuestos a aceptar al Jesús que nos desafía a cambiar, o solo buscamos al Jesús que nos consuela? Nazaret se sorprendió porque conocían a su familia; a veces, lo cotidiano nos impide ver la presencia de lo sagrado.

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